El historiador y analista cubano Ernesto Limia Díaz sostuvo que el fascismo no puede entenderse solo como un fenómeno político del siglo XX, sino como el resultado de procesos económicos, ideológicos y geopolíticos que se desarrollaron desde el siglo XIX. En una extensa conferencia magistral, trazó un recorrido histórico que va desde las teorías raciales europeas y la crisis del capitalismo de 1873 hasta el surgimiento del neoliberalismo y el ascenso contemporáneo de liderazgos como el de Donald Trump.
Este jueves 5 de marzo se realizó en la sede del PIT-CNT la conferencia denominada: “El fascismo como expresión imperialista en el siglo XXI” a cargo de Ernesto Limia Díaz, historiador, especialista en análisis de la información, licenciado en Derecho y titular de diplomados en Migraciones Internacionales y Economía. El evento comenzó con la actuación del músico Carlos Benavidez.
La presentación del acto estuvo a cargo de Fernanda Aguirre, secretaria de Derechos Humanos del PIT-CNT quien resaltó el “ejemplo que ha sido Cuba para Uruguay y la solidaridad que siempre ha desplegado para con el mundo”, y resaltó el trabajo y la solidaridad de los médicos cubanos para con los uruguayos.
Por su parte, Limia Díaz dijo que se sentía muy cómodo en estar en Uruguay y en la sede de la central sindical. Hizo referencia a los dos tomos de su libro “Sombras de la Guerra Fría”, referido a la historia del mundo desde principios del siglo XX hasta 1968 y desde 1969 hasta el presente, porque dijo que no existe desde el siglo XX a la actualidad un libro de la historia Latinoamericana aunque sí de marxistas europeos pero con una mirada desde el viejo continente. Remarcó que en tuvo que reconstruir la historia del fascismo. Asimismo en la obra se indica que desde hace siete años está recobrando fuerza el fascismo.
El catedrático realizó un recorrido histórico del nacimiento del fascismo y de los prolegómenos de la Segunda Guerra Mundial, recordando que “fascismo y liberalismo en sus orígenes están unidos”.
En su conferencia magistral Limia Díaz recordó que la raíz teórica del fascismo es francesa, mencionó que la raza aria es el nombre que se pusieron los vikingos que fueron desde Islandia hasta el Ganges para distinguirse de las tierras conquistadas y destacó que a través de la historia algunos autores han expresado que la raza aria es la más fuerte y que no puede mezclarse, porque se pierde la sangre azul. También remarcó que Donald Trump es nieto de Bávaro por lo cual indicó que “nada es casual en la historia”.
Aseguró que “tras el fin de la Primera Guerra Mundial murió el fascismo y sus ideas fueron aplastadas”. Remarcó que hasta ese entonces la principal prioridad de los Estados Unidos era el enfrentamiento al fascismo, pero derrotado el fascismo el mandatario Harry S. Truman comenzó la lucha contra los rusos y con el tiempo los nazi-fascistas se diseminaron por en América Latina y se infiltraron en los partidos políticos generando las posteriores dictaduras militares.
El historiador explicó que estas ideas comenzaron a difundirse en Alemania e Italia hacia fines del siglo XIX, en un contexto marcado por el resurgimiento del nacionalismo y por disputas entre las potencias europeas por la expansión imperial.
Crisis del capitalismo y militarismo
Limia Díaz situó otro momento clave en la crisis económica de 1873, que transformó profundamente el funcionamiento del capitalismo. En ese contexto -señaló- “los bancos comenzaron a rescatar a las industrias en quiebra y surgió con fuerza el capital financiero”. Ese cambio provocó una concentración del poder económico y una nueva lógica de expansión internacional.
Según el historiador, ese modelo exigía Estados fuertes capaces de garantizar materias primas, mercados y control territorial. “De allí se consolidó el militarismo y la expansión colonial de las potencias”.
“Para controlar mercados, materias primas e imponer precios, solo podía hacerse con Estados fuertes”, afirmó.
En ese marco, las potencias europeas iniciaron el reparto colonial de África y otras regiones, mientras Estados Unidos comenzaba a expandir su influencia militar y comercial a fines del siglo XIX.
El camino hacia la Primera Guerra Mundial
El crecimiento de los nacionalismos y las tensiones entre imperios europeos terminó desembocando en la Primera Guerra Mundial.
Limia Díaz señaló además que “los partidos socialistas europeos, salvo algunas excepciones, terminaron apoyando el esfuerzo bélico de sus respectivos países, debilitando el movimiento internacionalista que había impulsado el marxismo”.
Recordó que, en Italia, el dirigente socialista Benito Mussolini fue expulsado de su partido por respaldar la guerra. Con el tiempo, según el historiador, comenzaría a construir el movimiento fascista. Tras la Primera Guerra Mundial, Italia atravesó una fuerte crisis política y social. Miles de excombatientes regresaron al país con frustración por los resultados del conflicto y comenzaron a enfrentarse con el movimiento obrero y socialista.
En ese contexto se formaron las “escuadras fascistas”, grupos armados que contaron con apoyo de sectores militares y que comenzaron a imponer por la violencia lo que no lograban en el Parlamento.
“Arrasaron y desbarataron al movimiento revolucionario”, explicó Limia Díaz al describir el proceso que culminó con la marcha sobre Roma y el ascenso de Mussolini al poder.
El caso alemán
En Alemania, la situación fue distinta, señaló. “El país quedó devastado por la derrota en la guerra y por las condiciones del Tratado de Versalles, lo que generó una profunda crisis económica y social”.
En ese escenario “surgieron movimientos revolucionarios encabezados por figuras como Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht, quienes finalmente fueron asesinados tras la represión de la revolución alemana”.
El debilitamiento de la izquierda y el resentimiento nacional “facilitaron posteriormente el ascenso del nazismo”.
Limia Díaz sostuvo además que “sectores empresariales internacionales contribuyeron a financiar la recuperación industrial alemana en ese período, lo que indirectamente fortaleció el escenario que permitió el crecimiento del nazismo”.
El historiador también vinculó el “auge del fascismo con las tensiones geopolíticas de entreguerras”.
Recordó que la Guerra Civil Española fue un escenario donde se ensayaron estrategias militares que luego se aplicarían en la Segunda Guerra Mundial, incluyendo el bombardeo de Guernica por la aviación alemana.
Tras la derrota del nazismo, afirmó, las ideas fascistas no desaparecieron completamente. “Murió el fascismo como régimen, pero no murieron las ideas fascistas”, señaló.
La Guerra Fría y América Latina
Limia Díaz explicó que tras la Segunda Guerra Mundial el foco estratégico de Estados Unidos pasó a ser el “enfrentamiento con la Unión Soviética”.
En ese contexto, numerosos exfuncionarios nazis y fascistas lograron escapar de Europa a través de redes clandestinas que los llevaron a distintos países de América Latina.
Según el historiador, esos cuadros terminaron “integrándose a estructuras militares y de inteligencia de la región y contribuyeron al desarrollo de las dictaduras que se extendieron en América del Sur durante la segunda mitad del siglo XX”.
Neoliberalismo y nuevas derechas
En su análisis, Limia Díaz también estableció “vínculos” entre el auge del neoliberalismo y la evolución de corrientes autoritarias.
Recordó que las ideas económicas promovidas por Friedrich Hayek y Milton Friedman “se consolidaron en los años setenta, especialmente tras el golpe de Estado en Chile y la implementación de políticas neoliberales bajo la dictadura de Augusto Pinochet”.
Posteriormente, con los gobiernos de Ronald Reagan en Estados Unidos y Margaret Thatcher en el Reino Unido, ese modelo se “expandió globalmente”.
El historiador sostuvo que “la globalización neoliberal provocó la desindustrialización de regiones enteras en Estados Unidos y Europa, generando malestar entre sectores de la clase trabajadora”.
Ese descontento -afirmó- fue canalizado políticamente por movimientos de extrema derecha que señalaron a los inmigrantes como responsables de la crisis social.
En ese marco, Limia Díaz interpretó el ascenso político de Donald Trump como parte de “un fenómeno más amplio en el que confluyen crisis económicas, tensiones sociales y discursos nacionalistas”.
Para el historiador, “el fascismo no debe analizarse únicamente como un fenómeno del pasado, sino como una corriente que puede reaparecer bajo nuevas formas en contextos de crisis del sistema económico”.
También dijo que las alianzas políticas del presidente estadounidense Donald Trump no responden tanto a una lógica clásica de alianzas de clase como a una construcción de base social con fuerte componente identitario y nacionalista. “Su apoyo central no proviene únicamente del tradicional establishment republicano ni de las grandes corporaciones transnacionales, sino de sectores de la clase trabajadora anglosajona afectados por los procesos de globalización y desindustrialización vinculados al capitalismo neoliberal”.
Aunque Trump es un millonario surgido del mundo empresarial, “su discurso político se dirige a esos sectores golpeados por la pérdida de empleos industriales en Estados Unidos”. En ese marco, plantea como objetivo central recuperar la producción manufacturera y “traer de vuelta” las plantas industriales que en las últimas décadas se trasladaron hacia otros países.
Para sostener esa promesa, el mandatario ha propuesto una estrategia basada en “abaratar el costo de la energía en Estados Unidos”. Según su planteo, reducir el precio de la energía permitiría fortalecer la competitividad de la industria estadounidense y facilitar el retorno de la producción manufacturera al país. “Entre las medidas que ha defendido se encuentra la expansión de la explotación petrolera y gasífera mediante fracking, así como un giro en la política energética hacia los combustibles fósiles”.
En esa línea, durante su primer mandato Trump decidió retirar a Estados Unidos del acuerdo climático internacional alcanzado en el Acuerdo de París, argumentando que las restricciones ambientales podían provocar pérdidas millonarias y afectar empleos industriales en el país.
Su estrategia energética también incluye críticas y cuestionamientos a las energías renovables -como la eólica o la solar- y un impulso a la producción de petróleo y gas. “El objetivo declarado es garantizar abundante energía barata para la industria estadounidense”.
En el plano geopolítico, esta política económica se vincula además con una “confrontación comercial y tecnológica con China”. Trump ha planteado que el retorno de la industria a Estados Unidos debe ir acompañado de una política dura frente al gigante asiático, al que acusa de beneficiarse de la globalización a costa del empleo industrial estadounidense.
De esta manera, su proyecto político “combina nacionalismo económico, expansión de los combustibles fósiles y disputa comercial con China como parte de una estrategia que busca recomponer la base industrial y fortalecer el apoyo de sectores trabajadores afectados por las transformaciones del capitalismo global”.
Sostiene que la actual administración estadounidense reproduce rasgos que, a su juicio, “recuerdan a los parámetros del fascismo del siglo XX, caracterizados por la centralidad del liderazgo personal, el desplazamiento de la diplomacia tradicional y el creciente protagonismo del militarismo en la política exterior”.
Desde esa perspectiva, se plantea que la política estadounidense estaría “transitando hacia un esquema en el que la fuerza militar vuelve a ocupar un lugar central como herramienta de acción internacional, en detrimento de los mecanismos diplomáticos y multilaterales que durante décadas estructuraron el sistema internacional”. Según su enfoque, Washington “buscaría imponer sus objetivos estratégicos mediante la presión política y militar ante la pérdida de influencia en organismos internacionales y espacios de negociación global”.
En el plano interno, advierte sobre un “endurecimiento de las políticas migratorias y de seguridad, con operativos dirigidos a inmigrantes y medidas que, según los críticos, tensionan el marco del Estado de derecho”.
Dentro de este marco, los conflictos energéticos y geopolíticos ocupan un lugar central. “Venezuela aparece como un país estratégico por sus vastas reservas de petróleo, mientras que un eventual conflicto con Irán tendría implicancias mayores en el equilibrio energético global, dado que el país persa es uno de los principales proveedores de crudo para China”.
Sostiene que una confrontación con Irán tendría múltiples objetivos: “debilitar a un aliado energético de China y modificar el equilibrio de poder en Medio Oriente, un escenario en el que también intervienen los intereses de Israel y de otras potencias regionales”.
A su vez, el posicionamiento de Europa es descrito como complejo y ambivalente. Según su visión, “los gobiernos europeos se encontrarían entre la necesidad de reaccionar frente a determinadas políticas estadounidenses y el temor a deteriorar la alianza estratégica con Washington, particularmente en el marco de las tensiones con Rusia y del peso del complejo militar-industrial en la política internacional”.
En este contexto, la dinámica política interna de Estados Unidos también influiría en la proyección internacional. Las elecciones legislativas de medio término aparecen como un factor clave, ya que podrían redefinir el equilibrio de poder en el Congreso y abrir la posibilidad de nuevas confrontaciones políticas internas.
Señala que América Latina continúa siendo un “espacio estratégico en la disputa geopolítica global, en un escenario regional marcado por cambios políticos, avances de sectores conservadores en algunos países y tensiones en torno al rumbo de los gobiernos progresistas”.
Desde esta perspectiva, el mundo está atravesando un momento de “alta incertidumbre geopolítica, en el que las disputas por recursos energéticos, influencia política y control estratégico reconfiguran el mapa internacional”.
Hacia el final de su ponencia dijo que a las revolucionarias y a los revolucionarios les toca hacer lo que han hecho siempre; es decir: “combatir”.