El director adjunto del Instituto Cuesta Duarte, Julio Perdigón, expresó que Uruguay atraviesa un profundo debate ideológico y advirtió que “la izquierda cada vez está más lejos de la izquierda” al desplazarse hacia posiciones de centro. Reivindicó como prioridades para el país, la erradicación de la pobreza infantil, una Estrategia Nacional para el Desarrollo y la reducción de la jornada laboral sin pérdida salarial. Pese a que considera existe un creciente descreimiento de la sociedad hacia la política, aseguró que mantiene intacta la convicción de que "no se puede perder la idea de transformar la realidad".
Después de una década integrando el directorio del Instituto Nacional de Empleo y Formación Profesional (INEFOP) en representación de las y los trabajadores, Julio Perdigón asumió la dirección adjunta del Instituto Cuesta Duarte en un momento de renovación del equipo técnico y de fuerte protagonismo del movimiento sindical en el debate sobre el desarrollo nacional.
En entrevista con el Portal del PIT-CNT realizó un balance de diez años en el INEFOP, los desafíos del Instituto Cuesta Duarte y reflexionó sobre la coyuntura política, el escenario internacional, los desafíos ideológicos de la izquierda y las propuestas estratégicas que, a su juicio, deberían marcar el rumbo del país en los próximos años. También explicó por qué, pese al clima de incertidumbre, sigue creyendo que “es posible transformar la realidad”.
¿Qué balance realiza de estos diez años de trabajo en el directorio del INEFOP en representación de las y los trabajadores?
Ha sido una experiencia diferente para un dirigente sindical gestionar un instituto de formación profesional, que además constituye una herramienta muy importante para las y los trabajadores. La formación y la capacitación son fundamentales porque, cuando hablamos de salarios bajos, en muchos casos también estamos hablando de falta de formación, de capacitación y de culminación de ciclos educativos.
Es otra faceta que el movimiento sindical debe desarrollar. Desde el punto de vista de la presencia del movimiento sindical, la participación en el Instituto fue un tema importante y sigue siéndolo hoy, ahora asumida por dos compañeras.
Ha sido una muy buena experiencia y me dejó una visión más amplia de cuál es la tarea sindical.
El INEFOP es un ámbito de acción tripartita y allí confluyen distintas miradas. ¿Qué le deja esa experiencia al movimiento sindical?
Es un ambiente totalmente diferente a las relaciones que conocemos cotidianamente entre la organización sindical, las cámaras empresariales e, incluso, los gobiernos.
Allí se llega mucho más fácilmente a los acuerdos porque existe una mirada compartida, todos queremos desarrollar, cada uno con su impronta, la formación y la capacitación. Eso mejora a la empresa, mejora al trabajador y mejora la producción y el desarrollo del trabajo.
Comprobé que es un ámbito donde los acuerdos se alcanzan con mayor facilidad y donde se pueden generar otras cosas. El proyecto "País Industrial" que hoy desarrollan el Instituto Cuesta Duarte y la Cámara de Industrias surgió precisamente de ese acuerdo alcanzado en el INEFOP. Nació como una iniciativa del movimiento sindical, fue planteada al sector empleador y terminó convirtiéndose en un proyecto concreto.
Tenemos diferencias, porque las relaciones en el mundo del trabajo generan tensiones. De hecho, la Cámara de Industrias nos denunció ante la OIT y el Uruguay fue incluido en una «lista negra». Pero también existen acuerdos que se pueden construir y eso, de alguna manera, nos posiciona. Defendemos a las y los trabajadores, pero no somos corporativistas en el sentido de defender únicamente nuestra posición; también defendemos el desarrollo del trabajo. Sin trabajo no hay organización sindical y tampoco hay empresa. En ese sentido, es posible construir acuerdos.
¿Cómo incide esa experiencia de diez años en el directorio del INEFOP en esta nueva etapa al frente del Instituto Cuesta Duarte?
De alguna manera, uno es el resultado de todo lo que ha hecho a lo largo de su vida. Desde el punto de vista personal, poder seguir contribuyendo al desarrollo de la herramienta sindical, con ideas y propuestas, ha sido la construcción de toda mi trayectoria.
Hoy, estar en el Instituto Cuesta Duarte me genera, por un lado, orgullo y, por otro, la responsabilidad de seguir aportando para fortalecer al movimiento sindical.
El Instituto Cuesta Duarte es una herramienta fundamental, con un gran prestigio a nivel nacional por la calidad de sus investigaciones y de los insumos que produce. Sin duda, el pasaje por el INEFOP también me ayuda a impulsar nuevas propuestas y a contribuir para que el Instituto continúe desarrollándose y siga siendo una herramienta positiva para las y los trabajadores, pero también para la dirección del PIT-CNT, porque esa es una de sus funciones fundamentales.
El Instituto atraviesa un proceso de renovación con la partida de varios de sus integrantes históricos, como el economista Hugo Bai que asumió la conducción del Diálogo Social, el economista Bruno Giometti, que asumió una banca en el Parlamento; y el sociólogo Claudio Arbesún, que es el Senador más joven de la historia del Uruguay. Al mismo tiempo, se incorporaron técnicos jóvenes. ¿Cómo encuentra hoy al Instituto y cuáles son sus principales desafíos para los próximos años?
El Instituto está viviendo una renovación en un momento muy importante para el movimiento sindical. Es una renovación que se da en un contexto de elaboración de propuestas estratégicas. Hay un importante trabajo técnico y de investigación detrás de iniciativas como la propuesta de aplicar una sobretasa del 1% al 1% más rico para atender la situación de los niños más vulnerables; la Estrategia Nacional para el Desarrollo; el trabajo en los núcleos consultivos junto con la Dirección Nacional de Industrias para impulsar el desarrollo industrial; o el proyecto País Industrial.
Es decir, esta renovación nos encuentra acompañando al movimiento sindical en todas estas propuestas, que requieren mucho trabajo de investigación y de elaboración técnica.
El desafío es muy importante. Tenemos que desarrollar todas las ideas que impulsa el movimiento sindical y demostrar que esta renovación no afecta el papel que debe cumplir el Instituto. Hay muy buenos técnicos y están ingresando nuevos compañeros.
Al Instituto Cuesta Duarte no se entra de cualquier manera; se ingresa con antecedentes y trayectoria. Tenemos un grupo muy importante de técnicos. A pesar de que se fueron figuras relevantes y estamos atravesando un proceso de renovación, hoy el desafío es grande y la renovación está acompañando esos desafíos.
¿Cómo ve actualmente al país? ¿Cómo analiza el clima de convivencia y el descreimiento tanto hacia el gobierno como hacia la oposición?
Estamos viviendo en un mundo bastante complejo y el país no escapa a esa realidad.
Hoy la necesidad de respuestas inmediatas frente a los problemas hace que muchas personas pierdan confianza en las instituciones y en la política. Todos estamos alcanzados por esa mirada; el movimiento sindical también, porque la gente necesita soluciones para mañana.
Las redes sociales también juegan un papel importante en ese sentido.
Hay como dos niveles. Está la persona que no llega con sus ingresos a cubrir las necesidades básicas y es lógico que reclame respuestas urgentes. Pero también hay personas que tienen una situación económica resuelta, incluso con más de un vehículo y que viajan a destinos exóticos, y que igualmente muestran esa ansiedad por obtener respuestas inmediatas.
Sí, porque es un problema social, no de clase social. La inmediatez atraviesa a toda la sociedad. El movimiento sindical siempre ha priorizado a los sectores más vulnerados y mantiene esa consigna. Pero nos encontramos con una sociedad donde tanto quien gana 25.000 pesos como quien gana 400.000 pesos reclama respuestas inmediatas, aunque sus preocupaciones sean completamente distintas. Quizás la preocupación de quien gana miles de dólares por mes sea que no consigue el color de auto que quiere traer de la automotora. Entonces, la inmediatez es un problema social que no se corresponde con los tiempos que requieren los procesos. Los procesos no son fáciles y las cosas no se resuelven de un día para otro. Hoy, incluso, las propias encuestas del gobierno muestran que la sociedad siente que no encuentra respuestas, y eso es una preocupación. Es allí donde el movimiento sindical está aportando ideas para dar respuesta a los sectores más vulnerables. Porque no pretendemos imponer nuestras propuestas; queremos aportar ideas para la discusión.
La propuesta de aplicar una sobretasa del 1% al 1% más privilegiado fue el resultado de un trabajo técnico realizado junto a economistas de la Universidad de la República. Diez economistas analizaron cómo podíamos contribuir a resolver un problema que todos los partidos políticos reconocían que era necesario enfrentar.
Sin embargo, ninguno había presentado una propuesta concreta. Nosotros trabajamos para eso y se interpretó como si quisiéramos imponer nuestras ideas. No era así. Lo que buscábamos era aportar a una discusión que, antes de las elecciones, todos los partidos consideraban prioritaria: resolver la pobreza infantil.
Después, al llegar al gobierno, aparecen las dificultades. No digo que sea sencillo, pero tampoco veo disposición a considerar todas las alternativas. La prueba es que el propio ministro de Economía, Gabriel Oddone, dijo que durante este período no iba a tener en cuenta la propuesta del PIT-CNT, ni siquiera a analizarla, porque no estaba dentro de sus planes.
Hablando de esta realidad de descontento y malestar social, ¿qué lectura hace de episodios como la visita del presidente Yamandú Orsi al portaaviones nuclear estadounidense USS Nimitz, la adquisición de la camioneta presidencial y la utilización de vehículos blindados Mamba MK7 del Ejército en barrios de Montevideo con alta conflictividad? ¿Qué dejan políticamente estos hechos?
Hay algunos que son errores políticos. El de la participación en el portaaviones es un error político. Primero, por la situación internacional de guerra y de amenazas del imperialismo, que ya demostró en Venezuela que su interés no era la democracia, sino el petróleo; por el apoyo de Estados Unidos e Israel al genocidio en Gaza y ahora también en el Líbano; y por pretender imponer a Irán determinadas formas de relacionamiento comercial a través de la guerra.
No era una visita neutra. Era una visita que, de alguna manera, marcaba un perfil. Además, hay que tener en cuenta que el gobierno uruguayo no se había pronunciado sobre Palestina calificando la situación como un genocidio, sino que seguía hablando de una guerra, que en realidad no existe como tal. Ese es un problema grave.
El otro episodio tiene consecuencias políticas, pero también incide en cómo la sociedad observa al sistema político. Hoy aparecen sospechas de corrupción o de beneficios indebidos a partir del caso de la camioneta.
Algo que, en el caso de Orsi, parecía impensable. Creo que todo el sistema político le reconocía una imagen de honestidad.
Claro, es un hombre franco. Sin embargo, este episodio deja instalada una situación de sospecha. Además, esa misma camioneta fue la utilizada para el traslado desde el Parlamento hacia la Presidencia durante la ceremonia de asunción. Entonces queda la sensación de que existieron determinadas prebendas, que quizás no constituyan hechos de corrupción económica, pero sí de otro tipo. Y eso también influye en cómo la sociedad uruguaya percibe al sistema político.
Días pasados me encontré, de mañana, en la calle Constituyente, con el ministro de Economía caminando. Seguramente iba hacia el ministerio, y lo mismo puede ocurrir con cualquier otro ministro: uno se los encuentra caminando por el centro de Montevideo, sin custodia, como cualquier hijo de vecino. Esa cercanía y esa confianza en el sistema político existían, pero episodios como estos las van mellando.
En política, las acciones -y también las omisiones- generan hechos políticos. En este caso, el episodio de la camioneta es una perla más en el proceso de descreimiento hacia el sistema político. Y eso es muy peligroso. Basta ver lo que sucede en Argentina cuando se desprestigia a la política: aparecen los llamados outsiders, que prometen cambiarlo todo y, en realidad, no cambian nada; por el contrario, terminan degradando aún más la política.
La política tiene un cometido, que es el bien público. Cuando aparecen personas que no tienen ese compromiso y llegan únicamente con la idea de "salvar al mundo", lo que termina degradándose es la propia política.
¿Las derechas ganaron la batalla cultural?
Creo que hoy tenemos un problema ideológico. Parecería que las ideologías hubieran desaparecido.
Sin embargo, las derechas y los fascismos hablan con mucha convicción...
Sí, pero no debaten ideológicamente. Hablan de su modelo, pero no hay un verdadero debate ideológico. Creo que el mundo se ha polarizado. Las elecciones se ganan o se pierden por muy pocos votos. La izquierda o el progresismo triunfan por márgenes muy estrechos o también pierden por diferencias mínimas.
-¿Uruguay está polarizado? ¿Dónde ubica hoy a la izquierda? ¿Está polarizada o se ha corrido hacia el centro?
Por eso hablaba de izquierda y progresismo. Hay una diferencia. Creo que, cada vez más, en Uruguay estamos más lejos de la izquierda, de lo que históricamente entendimos como izquierda. Ya el hecho de utilizar la palabra progresismo implica apartarse un poco de la izquierda e inclinarse un poco más hacia el centro, porque uno queda en el medio. Y en política no se puede permanecer en el medio, porque se termina diluyendo.
Creo que eso es lo que está ocurriendo en Uruguay y también, en buena medida, en América Latina. Si uno analiza la región, observa que gana el progresismo, incluso impulsando algunas reformas estructurales, pero la derecha igualmente disputa el gobierno y muchas veces termina conquistándolo.
Hoy el problema es ideológico. Y cuando hablamos de ideología, en realidad estamos hablando de definir qué sociedad queremos construir y qué tipo de seres humanos queremos formar. Porque cuando dejamos de mirar la sociedad en su conjunto empiezan a aparecer problemas de seguridad, de drogadicción y muchas otras dificultades. Eso ocurre cuando solo se observa una parte de la realidad y no el conjunto.
La propuesta del 1% para contribuir a abatir la pobreza infantil, la Estrategia Nacional para el Desarrollo y la reducción de la jornada laboral sin pérdida salarial, ¿el Gobierno podría considerarlos y tomarlos como "buques insignia" de su gestión para fortalecer el lazo con la base social?
Yo creo que sí. Primero, porque la pobreza infantil, como decía antes, era -supuestamente- una preocupación compartida por todos los candidatos a la Presidencia. No abordarla significa que aquella preocupación que existía antes hoy ya no tiene la misma prioridad. Ojo, también es cierto que ha habido algunas acciones en ese sentido. La existencia de pobreza infantil debe ser una herida abierta para toda la sociedad.
La Estrategia Nacional para el Desarrollo también es fundamental. Si un país no tiene una estrategia de desarrollo, termina teniendo problemas de empleo y problemas sociales. Hoy existen acuerdos internacionales muy importantes y, si Uruguay no se prepara con una estrategia propia, la precarización y otros fenómenos terminarán condicionando el desarrollo del país.
Y la reducción de la jornada laboral también es un objetivo central. Como ha señalado el movimiento sindical, todavía nos regimos por una ley de ocho horas aprobada hace más de un siglo. Es necesario actualizarla.
La productividad ha aumentado y la tecnología tiene que estar al servicio de las personas. Hoy se produce mucho más y, por lo tanto, existe una deuda de la sociedad con las y los trabajadores en materia de reducción de la jornada laboral.
¿Es optimista?
Sigo siendo optimista porque todos los días me levanto con la convicción de que es posible cambiar las cosas. Y más aun estando en el movimiento sindical.
Esa idea de transformar la realidad no se puede perder. Mientras exista esa convicción, seguiré siendo optimista.