El periodista y conductor de TV Ciudad y la diaria radio, Martín Rodríguez, está convencido que uno de los grandes problemas que tiene el Uruguay es la exclusión de compatriotas que «están quedando por fuera de la vida» sin poder acceder a lo más básico como un plato de comida o un techo donde vivir, y terminan abandonados en las calles. "Si un gobierno que se define de izquierda termina su mandato sin lograr una reducción notoria del número de personas en situación de calle, sería un fracaso político indiscutible”.
Martín Rodríguez se ha consolidado como uno de los referentes más potentes y respetados del ecosistema de medios nacionales. Es reconocido por su trabajo sobrio, preciso, solvente y profesional. Al mismo tiempo y más allá de la exposición pública, en el trato cotidiano no pierde la calidez y amabilidad que también refleja su personalidad sin poses, ni falsas posturas, tanto frente a una cámara, delante de un micrófono, en charlas informales de café, en una cancha de fútbol o en donde lo encuentre la vida.
Cuatro años atrás me dijo que le preocupaba que la política se transformara en un show. ¿Qué piensa hoy?
Que no cambió nada, que ese proceso sigue. Uno siempre se ve tentado a decir “empeoró”; en realidad, no sé, no tengo elementos para hacer una comparación, como si esto fuera una cuestión medible. Pero me parece que aquella tendencia que había hace cuatro años ya, de una determinada manera de discutir, muy mediada por las redes sociales, por lo que genera más reacciones, particularmente en Twitter, aunque no solo, no ha cambiado.
Me parece que incluso en los medios de comunicación nos pasa con frecuencia que, ante los apuros del cierre cotidiano de lo que entra en un informativo o un programa, por más que nos hace ruido presentar como noticioso ese tipo de intercambios, muchas veces, por miedo a quedar afuera de algo de lo que supuestamente se habla, terminamos incluyendo una parte de eso. Entonces entramos en la rosca y, claramente, es algo que luego, me parece, no genera un efecto positivo cuando le llega a la gente.
Por un lado, porque en general corre del centro la discusión más profunda de los temas, cualquiera sea. Entonces, si el objetivo -o uno de los objetivos- de la comunicación es que la gente esté más informada, no colabora con la profundización de la información o el mejor acceso a la información. Pero, además, en algunos sectores -esto sí capaz que es algo de lo que se habla ahora un poco más porque hay alguna encuesta que lo refleja- crece el desencanto, la sensación de ajenidad con respecto a lo político. Y yo creo que ese es un segundo efecto de eso.
Es decir, por un lado no colabora con la información y, por otro, aleja a la gente del interés por lo político. Y el alejamiento de la gente del interés por lo político siempre es un fenómeno a atender y a seguir con cuidado.
Hay autores que sostienen que esto es deliberado, que hay una tendencia mundial a banalizar los temas, a caricaturizar la discusión política ya que eso le da rédito a determinados sectores para que no se hable de los verdaderos problemas que tienen las grandes mayorías ¿Cuál es su opinión?
Sin duda. Es público y notorio que hay personas que se mueven en ese mundo del asesoramiento político, que muchas veces tienen capacidades de articulación a nivel internacional o están asociadas a grupos de sensibilidades políticas que se juntan, que llevan adelante o impulsan eso como estrategia, que lo ven estratégicamente. Es decir, donde vemos como punta del iceberg el tuit del que teóricamente o en teoría, reacciona con espontaneidad insultando o ridiculizando a alguien, lo que están haciendo es impulsar algo que, por lo menos en su cabeza, forma parte de un plan. No tengo elementos para decir que todas las personas a las que en Uruguay, cuando agarro mi teléfono, les leo tuits desafortunados, sean parte de eso o hagan la capilaridad, sean terminales de ese sistema porque están conectados eventualmente con esas redes, pero que los hay, los hay claramente. Yo creo que en Uruguay ha empeorado la discusión pero también en otro plano, la política perdió solemnidad y eso lo veo positivo. Hay quienes aprovechan eso para decir “ahora vale cualquier cosa” y eso no me gusta. Ahí sí creo que hay gente que está intencionalmente patrocinando e impulsando esa cierta banalización. Y bueno, es difícil llegar a este punto, pero habría que ver quién gana, habría que ver quién saca rédito de todo eso.
En el mundo, con este método están ganando las derechas.
Sí, claro, yo creo que hay una sensibilidad de derecha que se siente muy cómoda con ello. Y otro factor a tener en cuenta es que la banalización del debate político provoca que más gente se sienta ajena a la discusión pública.
¿Hasta qué punto piensa que ese desinterés paulatino, esa falta de confianza en lo que se lee puede llegar a una expresión de hartazgo con la democracia misma?
Yo creo que le afecta. En Uruguay no hay una acumulación de ese fenómeno tal que haga que hoy sintamos que está en riesgo la democracia. Claramente, en este país, en este momento, no está en riesgo la democracia.
En otro momento de la historia había una autopercepción de excepcionalidad y de certeza con respecto a que la democracia era algo que iba a durar, y se dispararon procesos que llevaron a que se deteriorara. Así que nunca digas nunca. Pero, precisamente por eso mismo, no tenemos que descartar que, si la política sigue funcionando de esta forma y la gente se sigue desencantando, llegue nuevamente un día en el que el aprecio por la democracia sea muy bajo en la sociedad, o la valoración de la democracia sea muy baja, como está pasando en muchos lugares de la región, donde hay encuestas que dicen que porciones mayoritarias responden que, si viniera alguien autoritario que les asegurara determinadas condiciones de vida -a veces la seguridad, a veces la prosperidad económica-, estarían dispuestos a deponer o a dejar en un segundo plano la democracia o incluso a renunciar a ella.
Eso acá todavía no pasa.
Dicen las mediciones que no pasa a nivel mayoritario, pero hay una porción de la sociedad que responde que sí. Ese número seguramente sea mayor que el que, ante la misma pregunta, afloraba como respuesta diez años atrás. Entonces, hay señales. No hay que distraerse.
La proliferación de espacios de apariencia informativa y que reproducen o difunden noticias falsas o campañas de odio, ¿afecta a los medios de comunicación y al periodismo profesional?
Creo que al periodismo lo ponen en un lugar de desafío porque, por un lado, el periodismo ante ese escenario tiene una gran oportunidad de revalorizarse, en el sentido de encauzar las discusiones, poner en agenda lo más importante, eso que a veces se nos escapa o no hacemos de la mejor manera. Me parece que le da una oportunidad de reposicionarse o de posicionarse de una manera en la que gente que ha descreído o que descree del periodismo pueda volver a valorarlo, si es que algún día lo valoró.
Pero, por otro lado también, porque la palabra “periodismo”, más allá de cuál sea la definición técnica, termina abarcando muchas cosas, o en los medios de comunicación entra mucha cosa, y eso le abre flancos. Porque, en la medida en que puedan tener rating o audiencia las propuestas más alineadas con ese estado de cosas, se nos puede “llenar la casa de intrusos”, personas que, sin tener formación periodística ni regirse por los más mínimos protocolos periodísticos al momento de ver qué publican y qué no, terminan copando los medios de comunicación.
Entonces, hay una oportunidad y un riesgo. Yo creo que hay una obligación, la obligación de extremarnos al máximo cuando chequeamos, cuando pensamos a quién entrevistar, cómo encarar un tema.
Los espacios de información en los que trabaja -tanto en TV Ciudad como en la diaria radio- logran notorio interés por la posibilidad de escuchar en términos reflexivos a cientistas sociales, políticos, gente de la cultura y de la ciencia, por ejemplo.
Sí, totalmente. Siempre hubo y seguirá habiendo público para la reflexión o para la entrevista periodística –a veces más dura- sobre temas áridos y profundos. El tema es que hay sectores amplios de la sociedad que, pese a que esos espacios tienen buenos niveles de audiencia, no se interesan por esos asuntos, a los que no les estamos llegando. Yo creo que eso hay que entenderlo.
¿Estamos sobrediagnosticados de algunos fenómenos y nos faltan ideas?
Absolutamente. Por ejemplo, la situación de calle. Ya escuchamos mil veces algunas de las características que tiene esa población. Yo sin ser especialista y sin haber hecho entrevistas, solo de escuchar entrevistas, tengo claro que la salud mental, las adicciones y haber pasado por el sistema penitenciario inciden en buena parte de las personas que están en situación de calle. O sea, el diagnóstico -que obviamente es más complejo, pero que tiene esos elementos como pilares- lo tengo claro. El tema es pasar a la acción. Fácil de decir para mí. Mucho más difícil sería actuar si estuviera en un lugar de decisión, donde hay que llevar adelante la política y arreglarse con un presupuesto determinado. No digo que sea fácil gestionarlo, pero sí que es un claro ejemplo de sobrediagnóstico.
Sobre las personas en situación de calle, hay legisladores que están diciendo “métanlos en un contenedor”. Otros nos quejamos si el que duerme sobre un pedazo de cartón se coloca en la puerta de nuestra casa. ¿No somos una sociedad un tanto hipócrita cuando hablamos de aporofobia?
Me parece que en los años del primer ciclo de gobierno del Frente Amplio hubo un aporte muy importante de personas formadas en estas temáticas que instaló toda una terminología en una cantidad de aspectos, también en aspectos vinculados con la diversidad. De hecho, usar la palabra “diversidad” es algo que hoy hemos naturalizado y yo creo que es positivo, pero no era como se hablaba hace 20 o 25 años, incluso en el discurso público. Es una terminología muy vinculada a los estudios de organismos internacionales que inciden en las políticas. Entonces, hay todo un proceso en el cual Uruguay avanza en términos de políticas sociales. No es que resuelva de raíz los problemas, pero hay cambios positivos en esos años, en los que hay todo un elenco político vinculado al Frente Amplio. Pero ojo, que en el gobierno anterior, con otro partido en el poder, también había gente que reproducía esa forma de hablar, que termina instalando un discurso que luce un poco ajeno para una parte importante de la población.
Creo incluso que, en un contexto en el que había mucho desgaste del Frente Amplio por una cantidad de cosas que no son estas, eso incidió también en lo que llevó al Frente Amplio al mal resultado electoral de 2019. Mucha gente sintió que había un elenco gobernante que no le estaba hablando directamente, o hablaba de temas y de formas que no eran las propias o no estaban alineadas con sus preocupaciones.
Ahí surge toda esta manera de decirle a la gente que está en la calle “personas en situación de calle”. Yo no creo que ese sea el problema central. Antes, ¿cómo les decíamos? “villera”, “bichicome”. Y lo que está claro es que, por más que hablemos distinto -y ahora sí yendo al problema de fondo-, sigue habiendo un fuerte rechazo hacia las personas que están en la peor situación de pobreza, y particularmente a las personas que podemos encontrarnos en las puertas de nuestras casas, en zonas consolidadas, urbanas y céntricas, de clase por lo menos media de la ciudad. Y como Uruguay tiene un problema notorio -si lo queremos poner en cifras- por la cantidad de personas viviendo en esa situación, que es mucho mayor que la que había antes, y eso empieza a generar problemas concretos de convivencia, esa sensación que mientras esas personas eran pocas, o menos que ahora, se expresaba poco o emergía cada tanto en algún incidente puntual, ahora empezó incluso a estar más presente en lo que la gente se anima a decir cuando, en una red social o en una conversación, se plantea el tema. Hay otras que no. Hay personas que establecen hasta una cierta convivencia con la gente del barrio en el que paran o en el que desarrollan alguna actividad, pero eso es muy dispar. Entonces, es un problema grande, empezando por cómo están viviendo esas personas. El problema mayor no es el del vecino. ¿Por qué subrayo que el problema mayor es la gente que está en situación de calle y no quienes vivimos en barrios, en casas que tienen todos los servicios, en los que hay más personas en situación de calle que antes? Digo esto porque hay quienes, desde el discurso, están diciendo “hay que pensar en el vecino también, que encuentra la vereda sucia”. Creo que ese es un problema, pero no es el problema mayor.
El problema mayor es el otro, que tenemos gente que está quedando por fuera de la vida, de la integración social, de la capacidad de acceder a un trabajo, de tener una casa propia, de hablar un idioma que le permita involucrarse, integrarse a una conversación. No digo ya tener la plata en el bolsillo para tomarse un café; digo para sentarse o cruzarse con nosotros en la calle y entendernos al momento de tener la charla más superficial del mundo.
Ahí hay un problema y es de muy difícil abordaje porque requiere incluso -y me estoy metiendo en camisa de once varas- entender que para resolverlo no alcanzan solo los esfuerzos que se hacen, un poco genéricamente, para reducir la cantidad de personas que viven por debajo de la línea de pobreza. Acá confluyen muchos problemas.
Y hay uno que es material y monetario, sí, son personas que viven en la pobreza, la gran mayoría de ellas. Si están en la calle, generalmente es así, aunque podrá haber alguna excepción. Pero además son personas que tienen toda otra serie de problemas. Son muchas y, más allá de que este gobierno recién puso a andar una estrategia nacional, a mí me viene a la cabeza una metáfora que le atribuyen a Juan Domingo Perón, sobre “lo que sube por la escalera y lo que sube por ascensor”.
Cuando vos tenés un sistema penitenciario que todos los días libera -en general en peores condiciones que las del ingreso- a decenas de personas, pero que a su vez sigue creciendo en cantidad de gente, por lo que ese mecanismo de salidas cada vez más masivas y más frecuentes de vuelta a la libertad, de gente que en general la pasó muy mal y, por ende, está mal y no tiene muchas herramientas; y sigue habiendo una gran problemática de adicciones y, a su vez, todo el mundo dice que hay problemas de salud mental muy grandes, siento que hay una especie de “bola de nieve”, una velocidad en el aumento del problema, que me hace preguntarme si toda esta estrategia está preparada como para igualar o superar eso, de manera de que al final de este período haya una reducción -si es que lo queremos medir finalmente en números- de la cantidad de gente que vive en la calle.
Y la verdad es que siento que, si este gobierno -que aparte es un gobierno que se define como de izquierda y que discursivamente le ha dado a esto una cierta importancia- termina sin que haya una reducción del número, eso sería un fracaso político indiscutible.
Hace poco afirmó que la democracia está devaluada. ¿Podría ampliar ese concepto?
Para empezar, hay mediciones. Hay una que siempre se nombra, que es la del Latinobarómetro, que se hace en distintos países de América y que refleja eso como fenómeno regional y que, otra vez, de un modo más atenuado, también lo refleja en Uruguay.
Para seguir, hay expresiones políticas paradójicamente exitosas dentro de las reglas de la democracia; por ejemplo, la que gobierna hoy Argentina. Veremos para cuánto le da, pero Javier Milei ganó una elección presidencial y después ganó una de medio término, y todo el tiempo, de un modo a veces directo y a veces indirecto, por la vía de los hechos, cuestiona la lógica democrática en el sentido más básico del respeto por el que piensa distinto. Ni que hablar si entramos a mirar cómo se maneja lo público, ese Estado al que se busca destruir, en realidad se aprovecha para abusos, para maniobras, para negocios.
Al mismo tiempo, en general esas expresiones tienen niveles de apoyo importantes en sectores de la población que, en ocasiones, son desposeídos o no la están pasando bien viviendo en democracia, pero en los que también hay mucha gente que sí tiene vidas, por lo menos de clase media, que evidentemente está insatisfecha con cosas. Yo creo que todo eso hace que la idea de democracia esté devaluada.
¿Cree que nos aproximamos a un escenario donde insatisfechos se harán sentir más en espacios de derecha?
El desencanto ya está viniendo. Lo dicen las encuestas. En este caso, incluso encuestas locales, no solo internacionales. O sea que ya vino. Si eso hace que el péndulo se mueva hacia la derecha o no, habrá que verlo. Yo creo que en el universo de la oposición uruguaya hay algunas personas que tienen que estar haciendo ese cálculo. Más temprano que tarde, cuando empecemos a acercarnos al nuevo ciclo electoral -todavía falta-, van a tratar de canalizar ese desencanto. Porque cuando tanta gente lo ha hecho con éxito en la región, seguramente es hasta tentador.
Ahí me pregunto, en ese contexto, qué rol va a jugar Luis Lacalle Pou, porque también se da un hecho muy particular en Uruguay, las mediciones tampoco le dan muy bien a la oposición, porque el desencanto, me parece, si bien castiga más al gobierno que al otro, se expresa en un sentido amplio. Muchas personas están desencantadas con todo el sistema político, no solo con el que gobierna.
Hoy Lacalle Pou es una persona que, en la reserva -porque todos sabemos que va a ser candidato-, tiene un peso político comparable al que tuvo Tabaré Vázquez en los cinco años entre gobierno y gobierno, en los que él no gobernó y gobernaba José Mujica, cuando todo el mundo sabía que, si decidía presentarse de nuevo, como lo hizo, iba a ser un candidato muy pesado. Esto no quiere decir que Lacalle Pou tenga la elección ganada, pero es una persona de mucho peso y es una persona que podríamos ubicar en el cruce de distintos aspectos que hacen a la ideología, en el lugar de un liberal conservador, liberal en lo económico -no tanto como su padre; creo que en eso ha sido siempre más inteligente- y más bien conservador en lo social, con matices, porque también es de una generación que no es la de su padre.
Hasta el momento no se ha movido en el campo de las derechas alternativas o extremas, más soberanistas o más libertarias, porque también entre esas expresiones hay matices. Entonces me pregunto qué rol adoptará cuando -como yo creo que va a ocurrir- decida volver al ruedo. Podrá ser un dique de contención para esas sensibilidades más extremas o también la llave de paso, si considera que eso le puede resultar positivo en términos de campaña de una oposición más dura al Gobierno en el tramo final.
Hay un notorio desembarco del narcomenudeo en los barrios y la captación que logra de adolescentes. ¿Cómo ve ese fenómeno?
Cuando se realizan encuestas sobre los principales problemas de la gente, que pueden ser la falta de trabajo, la inseguridad o la droga, en el fondo de todos esos problemas hay vasos comunicantes. Y yo creo que hay un gran problema, que es la exclusión. No es un problema nuevo en Uruguay, no es un problema que se haya superado ni siquiera durante los años de importante crecimiento económico, los primeros diez años de gobierno del Frente Amplio, en los que hubo una baja sensible de la pobreza medida por ingresos, que se debe reconocer como un logro. Y sigue presente. Y yo creo que es el caldo de cultivo por excelencia para que toda esa potencia criminal de este tiempo, que da cuenta de cómo la región se volvió clave en el tránsito y el acopio de drogas y en determinados negocios criminales transnacionales, encuentre precisamente ahí su espacio. Esa exclusión es el caldo de cultivo para que, precisamente en los barrios -que es donde están las terminales de ese sistema-, haya mucha gente que directa o indirectamente se vincule a esas estructuras. Y cuando digo mucha gente, digo en su mayoría gente muy joven.
Ahí hay un problema en el que se le va la vida, la convivencia, la sociedad. Ahí yo creo que el principal problema es la exclusión y que uno de los motivos por los cuales es el principal problema es porque hoy hay un fenómeno criminal transnacional que maneja cifras exorbitantes de recursos y que en la exclusión encuentra su mano de obra.
Y ahí hay trayectorias que se truncan, vidas que se terminan a una edad muy temprana, naturalización de la violencia y una serie de fenómenos que nos ponen en peligro a la totalidad de los que vivimos en la sociedad. No digo que la descomposición sea irreversible ni que la mayoría de la población participe de eso. Pero en determinadas zonas, es un fenómeno creciente y eso me preocupa mucho.
El sistema político pelea mucho por distintas cosas, pero con respecto a las políticas vinculadas a la infancia, la adolescencia y a los sectores más pobres no hay grandes discrepancias. Parecería haber ciertos acuerdos. Cuando se creó el MIDES las transferencias eran motivo de crítica permanente; eso ahora no se discute. Lo que yo siento es que no está siendo suficiente y me parece que lo que este gobierno propone, se va a quedar corto.
Allí puede surgir otra decepción, si no se logra percibir un cambio notorio.
Sí, claramente. Es más difícil de medir que el fenómeno de las personas en situación de calle, porque eso, si algo no funcionó, lo vas viendo con más fuerza en cinco o diez años. Pero claramente es uno de los aspectos en los que este gobierno se juega mucho. Y no faltarán las personas que, desde una perspectiva más fiscal o fiscalista, digan: “bueno, se ponen los recursos que se pueden poner”. El tema son los horizontes de la izquierda para generar cosas nuevas.
¿Cómo ve esta etapa del movimiento sindical, que se ha enfocado en algunas propuestas, como la reducción de la carga horaria de trabajo sin pérdida salarial, la Estrategia Nacional de Desarrollo y el impulso de una sobretasa del 1% al 1% más rico destinada a combatir la pobreza infantil?
Esa parte de la cuestión, esos reclamos que son transversales al conjunto de las personas que trabajan, que no son sectoriales, hace a una agenda que es fundamental. Me parece acertado, correcto, que el movimiento sindical los plantee y los ponga arriba de la mesa.
Es fundamental que haya una Estrategia Nacional de Desarrollo y que involucre a las personas que trabajan. Creo que es muy importante que, en un contexto de destrucción de puestos de trabajo, pero también en sociedades en las que, pese a que hay legislación laboral -en el caso de Uruguay, hace mucho tiempo que a buena parte de la gente se le otorga el derecho o el beneficio, como se le quiera decir, de las ocho horas-, sigue habiendo mucha gente que trabaja mucho, por lo menos se empiece a discutir la posibilidad de reducir esa jornada laboral para generar más puestos de trabajo y para ganar más tiempo para el resto de la vida. Pero también para democratizar un poco todo ese exceso de ganancias que cada vez, en el mundo, concentran más una menor cantidad de manos. Porque finalmente, si esto se instrumentara bien, esa parte tendría que renunciar a un pedacito -no mucho, apenas un pedacito- de todo lo que embolsa cotidianamente. La mayoría creo que no tienen muchas ganas de hacerlo. Y creo que el movimiento sindical y la Universidad de la República tienen que plantear y empezar a meter en la discusión pública eso. Así que yo estoy a favor de eso.
Y me parece que la discusión con respecto al instrumento que sea -en este caso la sobretasa, el impuesto al patrimonio- es fundamental. Pensar en formas que permitan que el país tenga más recursos para encarar todos estos desafíos de los que hablábamos, porque con el dinero que hay, hoy no está alcanzando. Por supuesto, sin lo que hay hoy el escenario sería peor.
Y bueno, vos tenés una parte del país que no se sienta a una mesa a hablar de estos temas, para empezar, porque -volviendo a lo que decíamos hoy- queda por fuera del alcance de ciertas discusiones. Eso es un problema nacional. Pero incluso, yendo más allá de decir que “es feo que la gente no esté integrada”, es un problema para el desarrollo nacional. También hay gente que luego no va a estar disponible para determinadas actividades, va a acceder solo a determinados trabajos, y eso va perpetuando el círculo de reproducción de la pobreza en una sociedad donde los hijos y las hijas nacen, mayoritariamente, en los hogares más pobres.
Creo que la propuesta del 1% es razonable, en el sentido de que es desafiante, tironea por el lado de pensar en alternativas. También creo que el movimiento sindical -que estoy convencido de que hace bien en poner esos acentos, de que lo tiene que hacer porque es parte de su rol, y eso lo engrandece, porque también demuestra que no se está pensando solo en el beneficio inmediato o el aumento salarial- tiene que pensar, y esto estuvo presente en el acto del 1º de Mayo y me sorprendió para bien, en formas de conectarse con sectores de la economía del trabajo que están por fuera.
Me parece que el movimiento sindical no puede ser solo de gente que trabaja en el sector público, lo que en Uruguay, por cuestiones vinculadas a la normativa, te da determinadas certezas que incluso te permiten protestar con más garantías que las que tiene alguien que trabaja en el sector privado, salvo algunos sectores donde hay sindicalismo fuerte.
Creo que también, sin perjuicio de todo lo que tiene que ver con promover esas discusiones, es fundamental que el movimiento sindical, si quiere mantener fuerza, tenga también esa mirada autocrítica hacia adentro y se pregunte: “¿cómo hacemos para involucrar en esto y para integrar a quienes trabajan con una heladera en la espalda todos los días?”. Que en algunos aspectos están integrados, pero pongo ese ejemplo para hablar de la gente vinculada al trabajo desde las plataformas, que promueven la individualidad, “sos parte de la empresa”, por ende no te sentís trabajador, no tenés ningún derecho y sindicato es mala palabra. ¿Qué pasa con el cuentapropismo, en un país que hace mucho tiempo tiene a mucha gente trabajando en condiciones de dependencia camuflada, facturando?
Yo creo que el PIT-CNT tiene que meter a esa gente para adentro.
¿Qué opina de quienes insisten en cerrar TV Ciudad?
Para empezar, pienso que tienen derecho a plantearlo, porque en política, en realidad, las cosas no se resuelven en función de ecuaciones matemáticas, hay criterios, hay sesgos ideológicos. La Intendencia de Montevideo tiene una cantidad de servicios culturales, salas de teatro, museos; como tantas intendencias del país, financia en buena medida un carnaval, así como tantas intendencias financian fiestas tradicionales o típicas. Está dentro del paquete de lo que no es esencial para una intendencia, pero que nada prohíbe que se haga.
Hay buena parte de los países del mundo, y una parte importante incluso de América, que tienen capitales con canales de televisión propios. En un país como Uruguay, donde la mitad de la población vive en Montevideo, es absolutamente fundamental, lógico y razonable que haya un canal de televisión.
Creo que, desde adentro tenemos que cuidar que ese canal de televisión actúe con los equilibrios que representen a la totalidad de la ciudadanía, porque TV Ciudad existe porque lo financian con sus impuestos quienes votan al oficialismo de turno, pero también porque lo financian con sus impuestos quienes votan a la oposición montevideana de turno.
Me gustaría un concepto final sobre el fenómeno de la diaria radio.
La diaria radio es el proyecto en el que siempre soñé estar. Me da la posibilidad de hacer un programa que se parece bastante al que siempre quise hacer, en un momento privilegiado de la programación, que es la mañana, el momento de mayor potencial público al que se puede llegar en función de la gente que prende la radio y la gente que escucha mientras trabaja.
Además, trabaja allí una cantidad de gente con una trayectoria y con una sensibilidad que me resulta muy cercana, gente a la que escuché durante mucho tiempo y a la que, en algunos casos, admiro y respeto mucho. Y todo eso se desarrolla, por lo menos de momento, en un marco de mucha armonía grupal.
Hay una cantidad de gente muy contenta de haber tenido la oportunidad de hacer lo que estamos haciendo, y yo estoy tan contento como todo ese grupo de compañeros y compañeras.