El mundo vive una hora oscura: el daño ambiental y climático está a la vista, la desigualdad sube y el poder se concentra en unas pocas cúpulas; las agresiones económicas y militares se multiplican, avanzan el chovinismo y el autoritarismo, retroceden los derechos y la democracia. Hoy Uruguay debe y puede forjar futuros renovados desde los mejores cimientos que su historia ofrece. Así, en la protección de la democracia y en su profundización, un protagonista mayor será la clase trabajadora unitariamente organizada, cada vez más formada y con vocación de cambio.
Destaquemos algunas lecciones del pasado: ya en el siglo XIX, cuando sectores poderosos manejaban la cuestión social como asunto policial, la incipiente militancia sindical gestaba lo que sería una poderosa corriente hacia la justicia social vertebrada por la triple consigna de unidad, solidaridad y lucha. Hoy hay quien considera que la justicia social es una aberración y se fomenta el individualismo egoísta. La alternativa debe nutrirse del republicanismo solidario que a comienzos del siglo XX orientó al batllismo en la construcción pionera de un Estado de bienestar como escudo de los débiles. Esa tradición nos inspira a construir formas de la solidaridad que resulten más eficientes que el egoísmo; allí se juega gran parte de la batalla ideológica por la democracia política y social.
Para cultivar la solidaridad eficiente, lo primero es la unidad del mundo trabajador. Estamos celebrando 60 años de unidad en torno a una convención sólidamente organizada, diversa, independiente y democrática; es, lo sabemos, algo inusual en el mundo y un activo del Uruguay. La construyó gente de carne y hueso, con sus intereses y sus pasiones, desde donde supo levantar la vista hacia las causas de las mayorías.
Conocí a varios integrantes de las primeras Mesas Representativas de la CNT: eran personas ideológicamente diversas, pero todas solidarias, forjadas en luchas duras y concretas que habían llegado a saber que, trabajando por separado, su causa sería derrotada. La unidad emergió en luchas difíciles y se mantuvo a lo largo de luchas mucho más difíciles todavía. Fue un puntal de la democracia: pocos golpes de Estado fueron enfrentados por algo comparable a la huelga general convocada por la CNT en 1973.
A su término, la dictadura pudo creer que había resuelto la cuestión social mediante la represión. Oscurecía, pero la resistencia se mantuvo. Wilson Ferreira proclamaba que «somos país», y vaya si somos país por el compromiso con la libertad y la vocación de vivir juntos. Los partidos antidictatoriales sumaban apoyos y definiciones contra el régimen. El 1º de Mayo de 1983 el PIT-CNT demostraba que la democracia política y social reaparecía en el horizonte de la patria; tomaba cuerpo una gran concertación de actores en pro de la recuperación de la institucionalidad republicana.
Es una lección para hoy: cuando la democracia está en riesgo en gran parte de América, lo primero es defenderla sumando a todos los que quieran proteger derechos y libertades. Necesitamos avanzar hacia el desarrollo democratizando la democracia. La democracia trastavilla cuando las capacidades productivas propias son descuidadas. Para defenderlas, durante los 90 sumamos esfuerzos para preservar a las empresas públicas como parte de la soberanía nacional. Cuando resurgen las políticas productivas, Uruguay tiene en esas empresas un cimiento para nuevos esfuerzos en pro del desarrollo.
Hoy el gobierno, el empresariado, los trabajadores organizados y la academia promueven una estrategia nacional de desarrollo. El PIT-CNT la ha impulsado incansablemente, evidenciando una vocación de contribuir a los cambios como uno de los motores de las reformas necesarias. Su colaboración con la Universidad de la República ha generado importantes contribuciones para esa estrategia, lo que incluye textos de las cámaras empresariales, de la UTEC, de la Academia de Ciencias. De allí surgen propuestas bien concretas cuya realización requiere, entre otras cosas, fortalecer la compra pública, como la central sindical lo ha planteado una y otra vez.
El desarrollo tiene que ver con el crecimiento y la distribución, pero debe ir bastante más allá: para mejorar permanentemente la calidad de vida, hacen falta transformaciones en profundidad que incorporen conocimiento avanzado y altas calificaciones a toda la producción de bienes y servicios socialmente valiosos. Esos son los puntales de la innovación.
Esta tiene que ser tanto social como tecnológica. Gran ejemplo uruguayo de innovación social es el cooperativismo de vivienda. La innovación tecnológica se realiza en empresas y, más en general, en sistemas de interacción entre actores diversos que el Estado tiene que articular, impulsando ámbitos de cooperación.
Recordemos una experiencia crucial durante la pandemia: cuando los países centrales nos bloqueaban el acceso a imprescindibles dispositivos de salud, Uruguay afrontó la crisis mediante un notable despliegue de articulación entre actores e innovación tecnológica. Esa experiencia señala rumbos para superar la condición periférica y construir soberanía priorizando los problemas y la participación de las mayorías, vale decir, democratizando.
Miremos al futuro: necesitamos innovar para avanzar a la vez hacia la inclusión social y la sostenibilidad ambiental; solo combinando ambas metas habrá verdadero desarrollo. Esa es una causa nacional que, como con elocuencia lo ha planteado el PIT-CNT en recientes 1º de Mayo, debe priorizar a los más postergados, a «los más infelices».
Hoy, tomemos nota, el conocimiento de punta tiende a privilegiar a los más privilegiados. En el Norte, trabajadores sin formación padecen la desigualdad y reaccionan apoyando a las derechas extremas. Será difícil defender la democracia sin democratizar el conocimiento.
Ahora bien, y contra lo que se nos suele decir, en el cambio tecnológico siempre hay alternativas: no está predeterminado. Hoy predomina una inteligencia artificial que automatiza a mansalva, destruye empleos y ahonda la desigualdad, pero son posibles formas pro-trabajadores de la inteligencia artificial que les permitan trabajar mejor y sirvan a toda la sociedad. Para avanzar en tecnologías pro-mayorías hace falta investigación socialmente comprometida y de alto nivel; Uruguay mostró en la pandemia que la tiene. Hace falta sobre todo gente cada vez más formada."
"En el siglo XIX, el movimiento obrero naciente proclamó que «la emancipación de los trabajadores será obra de los trabajadores mismos». Hoy, la clase trabajadora organizada está llamada a ser actor principal en la formación avanzada y permanente de trabajadoras y trabajadores. Así podrán incidir cada vez más en la mejora de los procesos de trabajo, en la protección del ambiente, en el progreso social y la distribución de sus beneficios, en el desarrollo nacional. Pues así se podrán superar las divisorias entre trabajo manual y trabajo intelectual, clave mayor de la transformación progresista de la educación; así se podrá poner a valer el conocimiento que trabajadoras y trabajadores tienen de lo que hacen, clave mayor de la innovación social y tecnológica.
Para defender y ampliar derechos habrá que articular mejor al movimiento sindical con otros movimientos sociales, como el ambientalismo imprescindible, los defensores de la diversidad sexual y el feminismo, gran protagonista contemporáneo de la expansión de los derechos.
Los beneficios del avance técnico-productivo deben ser socializados y no concentrados en unos pocos. Esos beneficios hacen posible, en especial, disminuir la jornada de trabajo, lo cual es necesario para ampliar el tiempo dedicado a mejorar la convivencia, la protección del ambiente, el ejercicio de la ciudadanía, el disfrute de la cultura."
"Caminar en la dirección sugerida exigirá cultivar la solidaridad eficiente y revivir el inquietismo reformista que las clases conservadoras reprochaban al batllismo original. Pase lo que pase, el PIT-CNT será gran impulsor de la alianza del trabajo, la educación y la innovación: alianza democrática y democratizadora que el Uruguay necesita.
Para todo eso, durante un siglo y medio largo, mucha gente se ha jugado la ropa —y aún la vida— impulsando un sindicalismo de unidad, solidaridad y lucha. Es difícil ser sindicalistas: siempre hay que pelear con dificultades, y más que con dificultades; a veces reciben reconocimientos y otras no. Pero ellas y ellos han forjado la organización que al cumplir 60 años ha llegado a ser un cimiento de lo mejor que está por venir.
Honor a todas las sindicalistas y a todos los sindicalistas.
30 de julio de 2026.