El silencio de los inocentes

Viernes, 18 Septiembre 2015 14:44
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Ellas andan en silencio. Caminan entre recuerdos y soledades. Ellas saben que sus hijos las esperan todos los días como siempre, después de una larga jornada en la fábrica. Ellas conviven a diario con la angustia de no saber qué van a llevar a sus casas y en la mayoría de los casos, son el único sustento de la familia, casi siempre numerosa, casi siempre frágil por aquello de no saber bien cómo hacer para salir adelante, desde que les dijeron que la fábrica donde habían trabajado toda su vida, había cerrado.

Recorriendo los inmesos galpones de Fripur, las sensaciones se entremezclan, un poco de historia repleta de desconsuelo, tristeza, olvido, y claro, angustia casi infinita.

María trabaja hace 21 años allí en Fripur. Y lo dice en presente como todas y todos ellos. Cuando uno conversa con los trabajadores y las trabajadoras que resisten -militan manteniendo mucho más que las máquinas, ellos y ellas conservan la esperanza y el futuro de sus hijos- al hablar siempre, refieren al presente. Salvo cuando recuerdan el ruido ensordecedor, el ritmo frenético y sin respiro de la producción, las presiones patronales, el régimen de esclavitud que soportaron y la infamia padecida por tantas mujeres, acorraladas por la vida, solas en el mundo de adultos y patrones explotadores.

María sigue yendo a la fábrica a las 4 y media de la mañana por dos razones muy especiales, Guillermina y Marlene, sus hijas.

María está encargada de la cocina y alguna tarea más como vender tortas fritas en el barrio. Es una de las que sale con las alcancías a buscar la reconocida solidaridad de siempre del barrio, de los autos que pasan y paran, de los ómnibus y camiones y de la gente de a pie que con lo que puede colabora.

Cuando María cocina para los compañeros y compañeras que están allí de vigilia y presencia activa, ella se arregla “con lo que haya, con donaciones que nos dan, cosas que traen de muchos sindicatos y donaciones con las que nos arreglamos”.

A María, como a casi todas y todos con quienes conversó el Portal del PIT-CNT, la noticia del cierre de Fripur fue un mazazo. “Nunca en la vida imaginé esto. No me lo esperaba ni sabía cómo era esto de estar acá, en esta situación”. Para María los años de trabajo transcurrieron adentro de la fábrica. “Nunca me imaginé salir a pedir con mis compañeras, nunca, nunca. Siempre en mi vida trabajé, esto de tener 58 años y ahora tener que salir a pedir no me lo esperaba”.

Dentro de la fábrica, hay poca gente. En relación a los más de 1000 empleados, ahora hay pocos tratando de mantener las máquinas y la esperanza..

“La mayoría piensa que van a reabrir la fábrica, pero mucha gente espera en la casa, no está acá” dice sin querer agregar más. María reconoce que cuando anda por la calle y se encuentra con alguna compañera de las que no vienen todos los días, y le pregunta a ella cómo está todo, por si hay novedades, y ella les explica que no tienen demasiadas noticias, “se les cae la moral al piso”.

Alejandra ingresó hace menos tiempo, unos cinco años. Y está allí por otra compañera que también se llama María. Alejandra sigue adelante porque su amiga María es quien la empuja adelante. “Ella es de fierro, si no fuera por ella yo no estaría acá” dice Alejandra, quien a pesar del empuje de su amiga, siente mucha pena, tristeza. María está cansada. Y triste. Por no decir desilusionada. De a poco, cuenta lo que siente. “¿Cómo  te puedo explicar? Es una lucha que tendría que ser de todos y somos poquitos, venimos muy poquitos y a veces te dan ganas de bajar los brazos, porque te recargás de cosas y decís, ¿Y yo por qué estoy acá? ¿Qué estoy haciendo?”. La poca participación en la fábrica ocupada, aunque técnicamente en “vigilia”, genera que los que van tengan que pasar muchas más horas haciendo las tareas que entre todos podrían ser más llevaderas.

Así es difícil, según cuentan. Ellas dos tienen hijos y no son pocos los casos de las trabajadoras de la exFripur en las que los padres de sus hijos no están demasiado presentes en el día a día, para sacar y empujar la familia hacia adelante.

Las trabajadoras salen todos los días a repartir volantes, vender tortas fritas y juntar lo que se pueda. El producto de lo recaudado se divide en partes iguales entre lo que se utiliza para sostener el día a día adentro de la fábrica, y lo que va para cada casa, para poder llevar algo a sus familias.

Ellas salen por el barrio y reciben esos pedacitos de solidaridad imprescindibles, inmensos, que hacen mantener la dignidad de la pelea. “En las fábricas de la zona, cuando vamos nos dicen vamo’ arriba, estamos con ustedes, no bajen los brazos”.

Al mediodía, en la fábrica, se juntan para almorzar todas y todos, en muchos casos con sus hijos -literalmente hablando- a compartir el pan. Y salen guisos, pastas, arroz y lo que haya. Los niños ríen. Ellos no paran de reír. A carcajadas. Porque la vida es bella, igual que en la película de Benigni, con aquel niño en medio del horror. Acá también, en medio de la desolación, los niños ríen. Sus mamás y papás los tienen que alimentar, como sea. Sus hijos no saben de empresarios que dejan tendales, ni entienden de lobby bancario. No conocen a Los Fernández ni sus barcos, ni avionetas. Los hijos de las madres y padres trabajadores y trabajadoras de Fripur, saben que su mamá o su papá van a la fábrica todos los días, como siempre, porque trabajan allí.

Y de nochecita, cuando mamá o papá llegan a casa, cansados, agotados, algo les llevan. Lo que pueden, no lo que quisieran, pero algo les llevan a casa. Siempre. 

 

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Modificado por última vez en Domingo, 20 Septiembre 2015 17:32
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