El tiempo está a favor de los buenos sueños

Jueves, 29 Abril 2021 16:19
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La campaña de recolección de firmas para habilitar el referéndum contra los 135 artículos más regresivos de la LUC ha tenido que navegar entre pandemia, encierros, silencios mediáticos y omisiones varias. En buena medida, ha sido llevada delante en territorio de modo casi artesanal, por miles de militantes que con meticulosa paciencia salen con sus papeletas, almohadillas, tapabocas, alcohol en gel y sus convicciones y certezas, a golpear puertas y a conversar con vecinos y vecinas de todos los barrios y pueblos y rincones posibles.

Las mesitas y gazebos se han transformado en espacios de charlas, tertulias e intercambios en clave democrática, con ciudadanos y ciudadanas de las más diversas procedencias.

Leo Duarte está durmiendo poco por estos días. Es uno de los anónimos de la militancia sindical de la campaña para alcanzar más de 700 mil firmas y anda con alguna que otra tarea. Madruga y casi sin respirar el aroma de la yerba del mate ya comienza a armar el gazebo en el Antel Arena. Con o sin lluvia. Con o sin viento cruzado. De ahí se va a una carpa instalada en el las inmediaciones del vacunatorio del Cerro y lleva comida, agua, papeletas y lo que estén precisando en el puesto de firmas. Del Cerro vuelve al Antel Arena para que no falte nada y desde allí se va a otro puesto que está próximo al Hospital de Clínicas y de allí al puesto que está en el barrio Peñarol. Viandas, milanesas, almohadillas, balconeras, agua, yerba, volantes, esperanza. Todo eso viaja con Leo Duarte de lunes a lunes por los caminos de la vida y los puestos de las firmas.

Leo nació en Montevideo y a los diez años la familia decidió mudarse a Estación Atlántida. Hijo de un obrero metalúrgico comunista que falleció joven y madre funcionaria de la salud pública, a la que visita casi todos los fines de semana. Según cuenta Esther, el secreto de mantener la vitalidad a los 92 años es poder respirar el aire puro y cuidar las plantas y flores de su casa de Atlántida.

Leo se acuerda como si fuera hoy cuando siendo niño llegaron las Fuerzas Conjuntas a su casa a revisarlo todo y romper cajones, puertas y armarios buscando libros de Marx y discos de Zitarrosa. Años difíciles. La democracia rota. Creció con el ejemplo familiar de la militancia sindical y política pero hubo alguien más que marcó su vida para siempre. El padre Fidel. Un cura que vino de Italia escapando del fascismo y la muerte segura. El padre Fidel le habló de los pobres, de los olvidados y de hacer algo por ellos. Que no alcanzaba rezar y esperarlo todo de Dios. Fidel fue el que lo hizo comunista. El de acá, el Fidel de Atlántida, no el otro. Tan así fue que Leo se hizo monaguillo y salió a recorrer barrios y localidades del departamento para hablar de las injusticias y de cómo hacer para construir un mundo mejor. Por aquellos años, cada 12 de octubre se juntaban con gente de todo el país en los retiros de Villa Guadalupe para escuchar a Fidel. Hablaban de ayudar al prójimo. Y compartían los libros de Marx y Lenin.

  

Leo cursó sus estudios en el colegio Nuestra Señora del Rosario y comenzó a trabajar desde joven. Probó distintos oficios. Fue cerrajero, carnicero, trabajó haciendo zanjas en Teyma donde pudo hacer carrera y terminó realizando tendidos de fibra óptica en centrales de distintos estados de Brasil. En Brasil, además de las playas y la alegría de su gente, estudió y leyó mucho sobre las religiones, las creencias y la fe que tiene ese pueblo tan intenso. Y se enamoró de la música. Autodidacta de la guitarra, la música brasileña lo abrazó. Al repertorio que llevaba de acá con canciones del Sabalero, Viglietti, Silvio Rodríguez y Pablo MIlanés, le agregó todo el universo musical de la bossa nova, choros y sambas enredo. Algo de esa música ya escuchaba desde antes, porque la familia de su papá, Wilson Duarte, son de Rivera y allí las radios cantaban en portuñol.   

«Gracias a Dios conservo mis amigos de la escuela y el liceo, algunos que son hermanos de la vida. Y sigo creyendo en que hay que hacer todo lo que esté a nuestro alcance por los demás, especialmente por los pobres, por los olvidados, por esos que el capitalismo descarta, los que sufren, los que la están pasando mal».

Le duele el presente y lo que se perdió. Y dice que se debió explicarle a los jóvenes y recordarle a los más grandes que la agenda de derechos, los Consejos de Salarios y tantas cosas fueron posibles gracias a la lucha y la militancia y a la sensibilidad de gobiernos «tan distintos al neoliberalismo de la derecha que nos gobierna ahora».

«Fallamos, no supimos contarle a las nuevas generaciones lo que era este país antes de los gobierno progresistas. Somos culpables de no haber comunicado todo lo que se hizo. Este gobierno empezó a comunicar su gestión al día siguiente que asumió. En el interior convocan a la prensa para inaugurar cosas que ya estaban hechas de antes. Fallamos nosotros y eso duele, a los que estamos todo el día en la calle nos duele», asegura.  «Pero eso no puede ser un freno. Nos levantamos todos los días, por más dura que sea la caída, nos levantamos. Y la gente lo valora. Acá estamos, con lluvia, con frío, con calor, todos los días, tratando de ser mejores».

Leo es uno de los militantes anónimos que están dando lo mejor de sí para lograr algo que, analistas, parlamentarios y dirigentes consideran «una hazaña» épica.

Le agradece a Dios poder estar de este lado de la vida, dice que es el hombre más feliz del mundo por las tres hijas y los tres nietos que tiene, que lo son todo para él. Y que su compañera Silvana es su amor, su cómplice y todo. Se conocieron militando y así siguen hoy adelante. Cuando la vida los encontró, él ya era papá de Antonella, Florencia y Sofía. Y Silvana de su hijo Mathías que por entonces tenía cuatro años y desde hace dos días ya es psicólogo.

«Nuestros hijos se adoran, para ellas es su hermano y Mathías para mi es un hijo. La vida me ha dado todo».

Habla con serenidad, sonríe a los cuatro vientos y no se queja. No está durmiendo mucho por estos días. Dice que no son tiempos para dormirse. Que hay que salir a alcanzar la utopía. Y que como dice Silvio, al final de este viaje en la vida quedará nuestro rastro invitando a vivir.

Modificado por última vez en Viernes, 30 Abril 2021 09:23
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